Tregua de Navidad [¡Feliz Navidad!]

Hace 98 años, durante la 1ra Guerra Mundial, en un descampado de Bélgica, se enfrentaban alemanes e ingleses. Sin embargo, el día de Navidad no se dio un solo disparo. Soldados ingleses y alemanes intercambiaron saludos y regalos en lo que sería recordado como la Tregua de Navidad.
Jo jo jo... La risa del viejito pascuero no alcanza para expresar mi carencia de extrema felicidad. Sin embargo, la que tengo es suficiente como para dejar una ficción y escribir cosas así de raras. Como sea... El blog ha estado un poco inactivo estos meses, mil disculpas por eso. Ya recuperaremos el ritmo, para eso sirven las fiestas, señores. Ahora sí, a lo que íbamos...

.+.+.+.+.+.+. Hay un espíritu en las trincheras.+.+.+.+.+.+.

Una ráfaga de viento terminó de enterrar en la nieve un casquillo de bala cuando el sol se ocultaba y en la trinchera inglesa un soldado se ataba bien las botas, otro se arreglaba el gorro felpudo y algunos más cargaban de municiones sus armas. Mientras tanto, un incorpóreo compañero ganaba fuerza con la llegada de la oscuridad. No sabríamos decir si el frío también lo hacía fuerte, pero después de aquella ráfaga el sol parecía ocultarse más rápido y, en consecuencia, su poder se hacía mayor. Nadie en la trinchera inglesa lo advirtió ni le tomó la mayor importancia a este hecho. A veces el sol parece ocultarse más rápido, dependiendo de lo que hagas. Podría también haber sido nada más que una sensación, nada comprobable, así que ninguno lo recordaría tampoco.

Del otro lado, en la trinchera alemana, la ráfaga de viento coincidió exactamente con el primer resoplido de uno de los soldados luego de encendido un cigarro. Guardó los restantes y sus cerillos en el saco y continuó fumando. En esta parte de "Tierra de nadie", el lugar en que se desarrolla este, por el momento, tranquilo enfrentamiento militar, el compañero incorpóreo parece haber caído por alguna casualidad. El cielo se ha oscurecido ya bastante como para que su poder pueda ser extendido fácilmente. Se desliza por entre los alemanes y le deja a cada uno un mensaje susurrado en el oído. Ríe después de esto, y su sonrisa parece maliciosa, oscura, pero se ilumina un poco cuando advierte la presencia de fogatas.


Para cuando el viento entierre otro casquillo la trinchera alemana estará en completo trance. Todos y cada uno de los soldados canta bajo la influencia del compañero incorpóreo. Los ingleses, sin embargo, continúan en silencio y luego de escuchar con atención los villancicos comienzan a sentirse solos. Uno de ellos observa con atención las fogatas. Se ordena el silencio y sus manos, como las de sus compañeros, se aferran a su rifle, listo para cualquier asalto. El compañero incorpóreo ríe y el soldado inglés recuerda la sonrisa de su novia, pero sabe que no debe ocupar su mente. Con los villancicos de fondo, escucha pasos sobre la nieve. En este momento requiere la máxima atención.

“Soldado inglés, feliz navidad. Feliz navidad”, el extraño mensaje del enemigo lo confunde. Y más aún cuando continúa insistentemente por algunos minutos. “Salgan, ingleses, vengan con nosotros”.

Sería una locura ir hacia ellos. Tanto trabajo atrincherarse, tanto sufrimiento al perder compañeros, tanto hastío cargar los rifles una y otra vez... ¿y tenían que ir con ellos? El compañero incorpóreo venía con los alemanes y se escabulló hasta la trinchera para dejar bajo su encantamiento a algunos ingleses, que comenzaron a gritar también, en respuesta, “Feliz navidad”, contagiando el espíritu a sus camaradas.

El poder del compañero incorpóreo sobrepasaba entonces el de cualquier armamento en ambas trincheras. Los saludos se convirtieron rápidamente en cánticos y a la mañana siguiente ambos bandos se encontraron en el centro para darse aún más saludos y entregarse regalos como botones, cigarros y chocolates. Estrecharon las manos y se volvieron amigos en medio de una guerra que cobraba vidas más allá de sus trincheras. Intercambiaron direcciones como si tuvieran la certeza de que al terminar la guerra continuarían vivos. Como si se vieran claramente en la mesa de su hogar, tomando tranquilamente un café y mirando hacia la puerta, pues en cualquier momento podría llegar el alemán o el inglés con quien estrechó manos en medio de la guerra.


Soldados ingleses y alemanes fraternizando en "tierra de nadie". Navidad, 1914.

Enterraron a sus caídos, jugaron un partido de fútbol y nadie nunca se percató de la presencia de un soldado desconocido. Vestía como inglés y era siempre uno de los primeros en cantar un villancico. Había intercambiado todos sus botones solo por botones alemanes y varios de éstos por una insignia inglesa. Los guardaba en los bolsillos como si fueran un tesoro y en todo momento mostraba una sonrisa. Era un tipo extraño, de los que pocos se ve.

Después de pasar un rato con todos y en medio de la algarabía, de las risas y las charlas, justo antes de que cayera el sol, el extraño soldado se metió las manos en los bolsillos y, cuidando que  nadie lo viera, caminó hacia el crepúsculo mientras entonaba un villancico alemán.

♫ Stille… Nacht… Heilige Nacht… ♫

Se alejaba el compañero incorpóreo con muchos botones, una insignia y una sonrisa inmutable en el rostro.


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Muy bien, eso ha sido todo. A los que quieran enterarse más sobre el tema, existe una película  alemana llamada Joyeux Noel (Feliz Navidad) sobre este acontecimiento. Asimismo, seguro que les encantará visitar esta página (contiene información sobre la Tregua y cartas de varios soldados que estuvieron presentes). Espero que les haya gustado ¡Saludos!

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