martes, 26 de junio de 2012



Bien bien, primero que nada hay que pedir disculpas públicas por el retraso. Listo. Ahora sí. El 25 de junio de 1947 se publicó por primera vez El diario de Ana Frank, con el título "Las habitaciones de atrás", después de intentarlo mucho su padre, y con la ayuda de un amigo, que publicó un comentario en un diario, llamando la atención del público. La ficción de hoy se sitúa antes de que esto sucediera, uno de los intentos de Otto Frank, el padre.


.+.+.+.+.+.+. Las habitaciones de atrás y la perfección irreal.+.+.+.+.+.+.

En medio de su respiración pausada y el sonido metálico de las teclas al escribir, el editor exhaló una bocanada de humo. El resoplido buscó parecer seguro, pero no pudo evitar su naturaleza cansada, de un ansia por que esta pausa sea la definitiva. Sus dedos dejaron de teclear y reinó un absoluto silencio. Retiró el cigarrillo inacabado de su boca y lo aplastó en el cenicero, repleto de cenizas y cigarrillos nunca terminados, al igual que su obra.

Tal vez fuera alguna patología, un problema psicológico el que le impedía siempre terminar algo. Si no, su exquisito juicio, que nunca estaba contento con lo que tenía y solía desconfiar absolutamente de todo, al punto de impedir la resolución de un camino que, desde ya, se tornaba imperfecto.

Su obra apestaba, sí y él era consciente de ello. Su prosa carecía de perfección, si no del ímpetu necesario en cualquier obra para perfilarse como buena. Era víctima de su propio juicio, un juicio ácido que muchas veces lo molestaba por lo injustificado, por la influencia de estar durante tanto tiempo trabajando para un hombre cuadriculado. Por todo eso, su obra apestaba, y eso lo molestaba, el no poder decidir sobre sí mismo, el haberse convertido poco a poco en algo que no podía sino detestar. Era una tragedia, así lo creía, un destino del que le sería imposible escapar jamás.

Por ahora, quedaba ocuparse de lo realmente importante, y dejar que su obra, perfecta, quedara para siempre en su mente, irrealizada, incapaz de ser superada por lo real.
Silencio. Reinaba el silencio hasta que frunció el ceño, murmuró lo escrito y decidió lanzarlo a la papelera. Otra vez insatisfecho.

Del otro lado de la puerta, una voz femenina lo llamaba “Amor, ¿duermes ya?”, y tras pensarlo, su respuesta “Ya casi termino”. La misma mentira de siempre. Tomó el paquete de manuscritos que tenía encargados por su cuadriculado jefe y se fue a la cama, a dormir, según él, él, que nunca ha podido siquiera terminar de dormirse.

Portada de "Las habitaciones de atrás"
Su mujer se encontraba ya en cama, adormecida por el cansancio, arropada con las sábanas y encogida sobre sí misma, de tal forma que no había para él nada con que cubrirse del frío. “Siempre haces lo mismo mientras duermes”, pensó casi con resignación y la miró con ternura al recordar que siempre que despertaba se encontraba él cómodamente abrigado, pero era una ternura incompleta, como todo en él. Se buscó un abrigo largo y se metió a la cama. Ahora al menos tenía con que cubrirse. Cogió el paquete con los manuscritos y sorteó un orden de lectura según la impresión que le provocaba cada uno de los títulos. Uno le supo a aventura, otro más a conflictos sociales, y un último, titulado “Las habitaciones de atrás”, no le supo a nada.

Era tarde y los temas sociales terminarían dopándolo de la preocupación y aversión que le provocaba la realidad en sí misma durante el día, así que apostó por la aventura. De la nada no hay mucho que decir.

Leyó furtivamente sus páginas, pero sintió pronto que algo le hacía falta, lo cual interrumpía su lectura eventualmente, y dirigía la mirada a la lámpara, a su esposa, a los manuscritos restantes, y a aquél con el título nada atractivo. “Las habitaciones de atrás”, en un primer momento no le supo a nada, pero ahora le sabía a misterio ¿Novela policial? No tenía idea, pero el título era malo, y si no lo fuera, necesitaba cumplir con su orden. Leería primero aventura y luego decidiría entre lo misterioso y lo social.

Pero el libro continuó asechándolo, fastidiando su campo visual a cada segundo, apuntando directamente hacia su subconsciente para que volteara a mirarlo. Un manuscrito curioso, a decir verdad. Debía terminar su primera lectura, era cierto, pero ¿cuándo fue la última vez que terminó algo? Le es imposible contestarse y continúa.

Poco a poco, Las habitaciones de atrás se desliza hacia las manos del editor y se coloca en posición de lectura. Una vez más ha abandonado una tarea, mas de aventuras ya ha leído mucho, y esta historia se parece mucho a las demás. No hay nada nuevo, pero tal vez lo haya en la peculiaridad de Las habitaciones de atrás.

Efectivamente, algo nuevo desde la primera página ¡Un diario!, alguien debía haber confundido el manuscrito con su diario personal. Cerró de pronto, como si estuviera haciendo algo malo, y se dirigió una vez más al libro de aventuras. No, la verdad es que el editor no soporta la curiosidad de leer “Las habitaciones de atrás”. No hay forma de que alguien envíe su propio diario a una editorial, si lo considera secreto personal.

Anna Frank, la autora, parecía haberse convertido en una niña. Así se representaba, una niña judía  que de pronto tenía un diario y escribía lo que le pasaba en su vida diaria. Una niña normal, con muchos admiradores, un gato y un diario al que llama Kitty, añorando a una antigua amiga. Y solo eso… ¿Tiene algo de nuevo, interesante? Era judía, estaba fechado en 1942, época de la persecución de judíos por los nazis. Era judía, y lo decía abiertamente a su diario, su único confidente. Pensó por un momento en lo que esto suponía, un personaje como tal, tan bien construido. Le parecía por momentos que escuchaba a una pequeña parlanchina. Revisó las últimas páginas, llegaba hasta el año 1944.

Un editor cristiano leía a Anna Frank, una escritora desconocida, y se maravillaba y conmovía por sus palabras, y por su creciente pasión por las letras. Vio cada etapa suya, cada enojo, cada ilusión, cada preocupación, hasta la más mínima, mientras vivía en Las habitaciones de atrás de un edificio. Pero algo le hacía falta. Terminó el manuscrito sin saber qué sucedería luego con esta niña. Quedó cautivado, y con las ganas de saber si ella estaba viva, con las ganas de saber si era real o no. Lo agobiaba saber que aunque parecía incompleto, ese diario no necesitaba nada más. Que el mundo vertido en él era suficiente para justificarlo, y su verosimilitud, su realidad que parecía irrefutable y conmovedora.

Anna Frank
Anna Frank, él debía conocerla. De hecho es una buena mujer escritora, y si todo fue real, una jovencita con un futuro prometedor en las letras.

Con estas ideas terminó por dormirse, y al despertar se encontró, como siempre, muy  bien abrigado, y a su esposa que iba y venía, arreglándose para el trabajo, y llamándolo a levantarse con un beso. “Dejaste la lámpara encendida”, le dice. Él lo sabe, siempre lo ha hecho.

Ya en el trabajo, con los manuscritos, recibe una llamada de su jefe. Las habitaciones de atrás deben ser devueltas de inmediato, su dueño vendrá por ellas. “¿No se publicará?”, insta el editor, seguro de sí mismo. “No se deje engañar por estos, nadie publicaría tremenda inmoralidad. Es un hombre haciéndose pasar por una mujer”, mientras le entrega el texto a su secretaria. El editor quedó sin palabras y retomó su trabajo. En la oficina, continuaría su lectura de aventuras.

— ¿Señor Otto? ¿Otto Frank? —su jefe ha recibido muy pronto una llamada de su secretaria—. Sí, entréguele su manuscrito.

El editor voltea y se dirige a la salida. Aquél hombre, de apellido Frank, como Anna, ¿sería él el autor? ¿Sería verdad lo dicho por su jefe? Su curiosidad lo arrastró rápidamente hacia la salida, para alcanzar a Otto Frank, aquél que era dueño de dichos manuscritos.

Cuando estuvo cerca, las palabras faltaron. “Otto, Otto Frank”, se limitó a decir, y el hombre volteó. Tenía una expresión seria, mas no de resignación, a pesar de que su manuscrito hubiera sido rechazado. Parecía tener una gran fuerza de voluntad que le impedía darse por vencido. Al no escuchar más, Otto volvió en su camino.

— Señor Otto… —vuelve a verlo—, ese libro merece publicarse…
— Gracias, caballero.
— ¿Es usted el autor?
— No... Ella… Ella está solo aquí ahora —dijo, con un poco de nostalgia, señalando el manuscrito, y retomando su paso hacia la salida— Permiso.

El editor no volvió a llamarlo. Estaba satisfecho con saber que era real. Ella estaba solo allí ahora. Ya era imposible conocerla de otra manera, pero él la había podido conocer. Y a su tiempo, comenzaría realmente a escribir su obra, una real que se atreviera a desafiar en cualquier momento a la perfección.
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Bien, eso ha sido todo. Gracias por leer.